La huella de la peseta
SU recuerdo nos produce nostalgia. Esta semana, lejos de haberse conmemorado su nacimiento o desaparición, de haberle dedicado un homenaje o cualquier otro hecho destacable, la peseta ha intensificado su presencia. De manera inesperada, ha vuelto a la portada de nuestros corazones y ha suscitado entre quienes hemos sido sus usuarios emociones del pasado. El Banco de España ha calculado que aún conservamos en nuestro poder más de 300.000 millones de pesetas.
Dicho así, pareciera que se hubiesen quedado ocultos miles de millones de la moneda con el valor que tuvo en el mercado y que con ese dinero se podrían cubrir tantos miles de millones de necesidades. Pero, poniéndonos a hacer cálculos, significa que cada español tendría en su hucha poco más que para cubrir cuatro caprichos.
Recuerdo cuando Lola Flores nos pedía una peseta a cada uno de nosotros para zanjar su deuda con Hacienda. ¡Qué poco nos costaba a cada uno darle esa peseta! Pero, juntas, eran millones. Me resulta tan insólito como ese navarro que, para batir el record Guinness, se plantó en un jardín de Pamplona donde pedía a los viandantes un euro para crear una de las filas más largas de monedas que jamás se hayan hecho. Claro, luego te haces la foto y, cuando se va la prensa, te quedas solo recogiendo las monedas para irte al Caribe. El sujeto fue detenido por pretender timar a los pamplonicas.
Así están nuestras pesetas. Desperdigadas, sin valor económico, aunque sí con valor emocional. Por eso, quizá, las rubias están perdidas, o escondidas, como los amantes entre los forros de los abrigos. Ocultas entre los trozos de plastilina que los niños han dejado en el cajón de sastre del armario de nuestra casa, donde lo útil deja de serlo pero no llega a tirarse nunca. En botes de cristal, como si hubieran metido en formol nuestro primer sueldo.
La peseta vive entre nosotros y sigue cayéndonos bien. Trabajó durante 134 años. Siete lleva jubilada y nos resulta más simpática que el euro. Quizá por su feminidad, su belleza rubia, o por lo que significó para impulsar nuestros crecimientos vitales. En cambio, al euro pareciera que aún lo tratamos de usted. Su valor se asocia a la precariedad, al “mileurismo”, a la tiesura.
Una peseta, lo que valía un beso robado, la que se quedó atrapada entre la hoja de plástico en un antiguo álbum de fotos. Otra, la que dejé pegada sobre el cemento de la acera de mi casa y que a mi regreso permanece inmutable al paso de tiempo. Mi padre hizo obra y el señor Cachito, el albañil, al cual yo admiraba por su maestría como si de Norman Foster se tratara, me explicaba las propiedades fascinantes del cemento. “Si dejas aquí tu huella, quedará eternamente”. Hechizada por su magia, planté mi pie sobre el cemento, que comenzó a colarse entre mis dedos. Ante el temor de quedarme atrapada para siempre, lo levanté de inmediato. Allí quedó mi huella, tan desnuda como adolescente. Temí el insuficiente paso a la eternidad, por lo que pegué al lado una peseta. La moneda que acompañará los pasos de mi memoria.
fuente/diariodesevilla.es